Benchmarking, la vigilancia a través de las estadísticas
Las estadísticas en este mundo muchas veces son las que mandan. Crean realidades y mundos, y como siempre, depende de quién las "cocine". También en salud. Por ejemplo, hoy en día se valora más a un médico que ve a 50 pacientes al día, aunque no les mire a los ojos, aunque no les solucione el motivo de consulta, incluso aunque su intervención resulte iatrogénica, que a otro que atiende a 25, pero acoge, empatiza, e incluso resuelve digna y humanamente el problema de quien consulta. ¿Por qué? Porque las estadísticas son el nuevo Demiurgo social, y los números no suelen recoger la cualidad de la intervención, solo la cantidad. Dicho sea de paso, porque tampoco los pacientes suelen reflejar su satisfacción o insatisfacción ni con el sistema, ni con los profesionales. Y esas cosas no reflejadas, es como si no existieran.
Por eso siempre recomendamos, "quejaos, quejaos", y a ser posible, por escrito y con formularios oficiales. El siguiente artículo sobre el benchmarking resultará explicativo de lo anterior. El benchmarking (que literalmente se refiere a las marcas que el caudal de un río deja en su entorno) puede definirse como un proceso sistemático y continuo para evaluar comparativamente los productos, servicios y procesos de trabajo en organizaciones.
El problema es que como en casi todas las aproximaciones desde lo cuantitativo a los fenómenos humanos, el objeto de estudio queda al final diluido entre tanto número; se pierde sistemáticamente lo que desde el principio no se valoró, porque se sigue pensando que no se puede estudiar "científicamente" lo que no se puede cuatificar.
Eso sí, cuando las estadísticas no convienen, se silencian rápidamente, o se llama a un nuevo cocinero que las maquille.
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LA VIGILANCIA A TRAVÉS DE LAS ESTADÍSTICAS

La investigación reveló que estar casado es 20 veces más importante para el bienestar de la persona que sus ingresos. Así, según los investigadores, el estudio arrojó datos inesperados, como que el 10% de los asalariados británicos se sentían más infelices que los que ganan menos o que las personas con carreras eran significativamente más ansiosas que los que no habían ido a la universidad.
Por otro lado, las cifras también indicaron que el tener hijos no tiene casi ningún impacto en el día a día de la felicidad de una persona, aunque los padres sí que sienten que la vida es más "valiosa".
Muchas veces, en las organizaciones pareciera que se promociona a los mediocres, los tontos útiles, los vagos, pero ¿por qué? Os dejamos un interesante artículo sobre la expansión de la mediocridad en la empresa (léase organizaciones), y sus variadas explicaciones al respecto. En resumen, los mediocres permiten a determinados jefes sentir que sobresalen más, y organizacionalmente permiten asegurar que nada va ser cuestionado, ni a cambiar, ni a mejor, ni probablemente a peor tampoco (y tal vez ahí esté el mayor error de cálculo de estos planteamientos). ¿Qué opináis?
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