21 Ago Una mirada al llamado Síndrome del Impostor
Sentirte como un «impostor» es a veces de lo más normal (y sano) que te puede pasar.
Si has navegado por reels de autoayuda en redes sociales, asistido a algún webinar de «crecimiento personal» o leído algún libro de estos temas últimamente, seguramente te habrás topado con el famoso «síndrome del impostor». Te prometen que es un «problema» que tienes que «superar», que hay técnicas mágicas para «eliminarlo» y que, una vez que lo consigas, vivirás en un estado permanente de confianza total. A mi consulta llega gente queriéndoselo quitar, porque los «normalitos» no lo tienen (o eso creen).
Permíteme ser directa contigo: es un fake, un timo, es mentira.
Consejo rápido, métete en el síndrome hasta el fondo, si lo estás experimentando, algo estarás haciendo bien si estás donde estás, y algo han hecho mal tus maestros o en el lugar donde te encuentras ahora, si te has creído que lo que sientes está mal y que lo tendrías que tener todo bajo control. Sigue leyendo.
Una realidad incómoda que nadie quiere contarte
Como psicóloga clínica, voy a decirte algo que los gurús de la autoayuda no te van a contar porque no vende: sentirse como un impostor de vez en cuando es completamente normal. Es más, es la respuesta natural de un cerebro maduro que entiende la complejidad del mundo.
Piénsalo un momento: ¿realmente conoces a alguien que tenga todas las respuestas, todo el tiempo, para todas las situaciones? Si dices que sí, esa persona te está mintiendo. O se está mintiendo a sí misma, que es aún peor.
La vida adulta consiste, en gran parte, en tomar decisiones sin tener información completa, en actuar a pesar de la incertidumbre, en asumir responsabilidades sabiendo que no controlamos todos los factores. Si te sientes «impostor» en algunas situaciones, tu cerebro está funcionando correctamente.
¿Por qué entonces nos lo venden como un problema?
Aquí está el meollo del asunto. La industria de la autoayuda necesita patologizar experiencias humanas normales para venderte la «cura». Es mucho más fácil venderte un curso de 300€ prometiéndote que vas a «superar» el síndrome del impostor que explicarte la verdad: que la incertidumbre es parte de la vida del ser humano.
Cuando alguien te promete que puedes vivir en un estado permanente de certeza y confianza total, te está vendiendo una fantasía. Y una fantasía peligrosa, porque la madurez emocional real consiste justamente en lo contrario: en saber actuar y tomar decisiones a pesar de no tener todas las respuestas.
El verdadero problema no es sentirse impostor
El problema real aparece cuando tu cerebro interpreta estos sentimientos normales de incertidumbre como algo patológico, como una señal de que «algo está mal contigo». Ahí es cuando se genera lo que en neurociencia llamamos sentimientos egodistónicos: emociones que van en contra de cómo te percibes a ti mismo.
Tu cerebro entra entonces en un bucle disfuncional: «Me siento inseguro → esto significa que soy inadecuado → debo ocultar esta inseguridad → me esfuerzo más de lo necesario → me agoto → rindo peor → confirmo que soy inadecuado». Es lo que conocemos como efectos estocásticos: pequeñas perturbaciones que se van amplificando hasta crear problemas reales.
Paradójicamente, cuanto más luchas contra esos sentimientos de «ser un impostor», peor te sientes y peor rindes.
La diferencia entre terapia real y promesas vacías
Una buena terapia o un proceso de coaching profesional no te promete que vas a dejar de sentirte inseguro nunca más. Eso sería absurdo. Lo que sí puede hacer es algo mucho más valioso: enseñarte a regularte, asegurarte, tranquilizarte, convivir con la incertidumbre de manera funcional.
Trabajamos para que tu cerebro pierda el miedo al error y deje de interpretar la incertidumbre como una amenaza y la vea como lo que es: la realidad, incompleta, y no del todo predecible.
En nuestro trabajo con EMDR, por ejemplo, ayudamos a reprocesar esas creencias disfuncionales hiperexigentes sobre «ser perfecto», «tener que saberlo todo» o «tener que estar siempre seguro». El objetivo no es eliminar la capacidad de dudar (que sería contraproducente), sino poner tu cerebro a tu favor, en sintonía con quien realmente eres: una persona capaz que puede actuar con sabiduría incluso sin certezas absolutas. Flexible como el junco.
La madurez realmente existente
Un adulto psicológicamente maduro no es alguien que nunca duda. Es alguien que puede decir «no lo sé» sin que se le caiga el mundo, que puede tomar decisiones importantes sabiendo que no tiene toda la información, que puede liderar sabiendo que está aprendiendo sobre la marcha. Y que como ya sabía Sócrates, cuanto más sabemos, más sabemos lo poco que sabemos («Sólo sé que no sé nada» decía el maestro griego).
Esa es la diferencia entre la madurez real y la «confianza» artificial que te venden otros.
¿Qué hacer entonces?
Si sientes que esos momentos de incertidumbre te están limitando, si notas que evitas oportunidades por miedo a «quedar en evidencia» o si tu autoexigencia te está pasando factura, entonces sí vale la pena trabajarlo. Pero trabajarlo bien, con profesionales que entiendan que el objetivo no es convertirte en un robot seguro de sí mismo, sino en una persona que puede navegar la complejidad de la vida adulta con mayor tranquilidad.
Porque al final, la vida no se trata de tener todas las respuestas. Se trata de estar cómodo haciendo las preguntas correctas. También se trata de tener modelos realistas de vida. Las personas que sufren el llamado síndrome del impostor muchas veces tienen el problema de que les faltaron modelos adecuados de gestión emocional.
Si sientes que tu relación con la incertidumbre te está limitando más de lo que te gustaría, podemos ayudarte. Como especialistas en psicoterapia, coaching y EMDR, trabajamos para que puedas ser quien realmente eres, sin tener que fingir una seguridad que nadie tiene.