Ser Humano

Seguro que muchos nos sentimos identificados, como pacientes, en lo que sucede en este video. Muchas veces los profesionales sanitarios, cuya formación es principalmente teorico-técnica a lo largo de los primeros años de formación, acaban tras varios años con la sensibilidad y humanidad muy mermadas. Otras veces las duras condiciones de trabajo acaban haciendo que los profesionales sanitarios, quemados, tomen como defensa esta distancia. La medicina especialmente, pero la psicología también, tienden a cosificar a las personas, o las reduce a síntomas y problemas. Cosas tan elementales, y tan terapéuticas, como la empatía, la compasión, la cortesía y la amabilidad no son materias en los planes de estudio. Mirar a los ojos, tratar de hablar el mismo "lenguaje" que nuestros interlocutores, esos pacientes tan "pacientes", y tratar de no mostrarnos o hablar como un experto ayudan a crear un ambiente positivo, y a percibir a ese psicólogo, o ese otro que te va a ayudar, como más cercano, sensible y humano. Nosotros lo tenemos muy claro, pero como pacientes, no tengamos tampoco miedo a exigirlo. Muy probablemente ese profesional pondrá la misma cara de estupefacción que en el video, pero le estaremos ayudando a mejorar su consulta. https://www.youtube.com/watch?v=BrsWWkIRTnY...

Sobre todo, en un día como hoy, hay que tener en cuenta que cada persona, cada caso, es diferente y único. Y que normalmente, tras toda persona dependiente, hay una historia de cuidadores. [caption id="" align="aligncenter" width="540"] Incidencia de Alzheimer en el mundo[/caption] [caption id="" align="aligncenter" width="671"] Decálogo del cuidador de Alzheimer[/caption]
 Y una historia, y más datos de cuidadores, vía el ciudadan@s, del diario Publico.

“Yo sé lo que quiere cada vez que me mira”

Como casi siempre, se dispone a pedir el desayuno con la leve resignación de pensar que el camarero no le está prestando atención entre el murmullo y las prisas de la barra. !Oiga, cuando pueda!, insiste, a pesar de que sabe que, sin preguntar qué quiere, le llevará dos tazas de café y dos tostadas como lleva haciendo día tras día, salvo los fines de semana, claro. Vuelve a la mesa, la del fondo, la de la esquina de siempre, con ese ávido movimiento de los brazos sosteniendo el bastón, desafiando los tres taburetes que los separan, y donde ella lo espera. Cuando llegan los cafés, y él se cerciora de que la taza de su compañera está templada, tal y como siempre le repite al camarero, le acerca una servilleta y no da el primer sorbo hasta  ver que su compañera se dispone a ello. Entonces acaricia la taza de café, la moldea con fuerza. Hay que recoger la ropa tendida cuando lleguemos a casa, dice ella mientras trocea el pan y lo miga en el café. Él le pasa otra servilleta, como quien no ha escuchado la conocida retahíla. Hoy no hemos tendido nada, le contesta. Pero termínate el café, mujer, le insiste cuando ella se queda pensativa, acariciando la taza. El arco de sus ojos se insinúa, y  prosigue mojando en el café, convencida de que habrá que recoger la ropa cuando llegue a casa.