Psicólogo Madrid

es parte de PAIDEIA

Cuidadores

Hay un ejercicio que me encanta hacer en la consulta. Puede parecer de primeras muy sencillo pero da mucho juego y a la mayor parte de la gente les resulta sorprendente.El ejercicio trata sobre nuestros derechos personales, aquellos que todos tenemos y que siempre deberíamos velar para que se respetaran.Aunque los derechos personales puedan parecer muy obvios, con frecuencia me encuentro en mi consulta de psicología que muchas personas no son tan siquiera conscientes de ellos y descubren que durante años no han ejercido algunos de estos derechos.Los derechos personales son un concepto básico, delimitan el respeto mínimo que debe darse entre dos personas y también el respeto que nos debemos a nosotros/as mismos/as. Además, pueden estar en el origen de problemas de depresión, de ansiedad, autoestima, de acoso laboral, de relación de pareja, etc., por eso es importante trabajarlos bien en psicoterapia.
Sobre todo, en un día como hoy, hay que tener en cuenta que cada persona, cada caso, es diferente y único. Y que normalmente, tras toda persona dependiente, hay una historia de cuidadores.[caption id="" align="aligncenter" width="540"] Incidencia de Alzheimer en el mundo[/caption][caption id="" align="aligncenter" width="671"] Decálogo del cuidador de Alzheimer[/caption]
 Y una historia, y más datos de cuidadores, vía el ciudadan@s, del diario Publico.

“Yo sé lo que quiere cada vez que me mira”

Como casi siempre, se dispone a pedir el desayuno con la leve resignación de pensar que el camarero no le está prestando atención entre el murmullo y las prisas de la barra. !Oiga, cuando pueda!, insiste, a pesar de que sabe que, sin preguntar qué quiere, le llevará dos tazas de café y dos tostadas como lleva haciendo día tras día, salvo los fines de semana, claro. Vuelve a la mesa, la del fondo, la de la esquina de siempre, con ese ávido movimiento de los brazos sosteniendo el bastón, desafiando los tres taburetes que los separan, y donde ella lo espera. Cuando llegan los cafés, y él se cerciora de que la taza de su compañera está templada, tal y como siempre le repite al camarero, le acerca una servilleta y no da el primer sorbo hasta  ver que su compañera se dispone a ello. Entonces acaricia la taza de café, la moldea con fuerza. Hay que recoger la ropa tendida cuando lleguemos a casa, dice ella mientras trocea el pan y lo miga en el café. Él le pasa otra servilleta, como quien no ha escuchado la conocida retahíla. Hoy no hemos tendido nada, le contesta. Pero termínate el café, mujer, le insiste cuando ella se queda pensativa, acariciando la taza. El arco de sus ojos se insinúa, y  prosigue mojando en el café, convencida de que habrá que recoger la ropa cuando llegue a casa.